No hay ningún otro amor terrenal más grande que el de una madre.
Cuando Dios pensó en un amor humano que pudiera darle al hombre, el afecto más puro y sincero que pueda existir,
diseñó a la madre.
Ese único ser humano capaz de entregar su propia
vida por el bienestar de sus hijos. La madre, que cuando es joven tiene
la sabiduría de una anciana para cuidar a sus pequeños; y que cuando es una
anciana tiene la energía de una jovencita, si se trata de defenderlos y ayudarlos.
Cuando éramos bebés, mamá nos arrulló, nos alimentó con paciencia,
cambiaba nuestra ropita y pañales miles de veces… nos enseñó a dar nuestros
primeros pasitos, nos enseñó a hablar. Cuando éramos niños jugaba con
nosotros, nos enseñó a escribir, nos llevó a la escuela, reímos
juntos, incluso tuvo que darnos un par de buenas nalgaditas
para educarnos. Pero aún así, mamá era sin duda nuestra heroína.
Cuántas largas noches en vela pasó mamá cuidándonos
cuando enfermábamos; cuántas veces se privó de comprarse
un vestido, para que nosotros tuviéramos siempre
lo necesario; cuántas humillaciones habrá soportado en un
trabajo, con tal de poder llevar el sustento a casa.
Cuando fuimos adolescentes mamá tuvo que soportar nuestros cambios
temperamentales, locuras juveniles, rebeldías, gritos y tonterías. Pero al final
con paciencia y amor fuimos superando juntos esa dura etapa. Ya no era
más nuestra heroína, sino más bien creímos que detestábamos su forma de
ser y estaríamos mejor sin ella. Cuando llegamos a ser adultos empezamos
a comprender por qué nuestra madre actuaba algunas veces estricta, y
nos dimos cuenta que era por nuestro bien, allí estaba ella siempre a nuestro
lado, apoyándonos en las buenas y en las malas, con dulzura, pero también
con la firmeza que requiere un ser humano para ser mejor cada día, mamá
en esta etapa se convierte en nuestra mejor amiga y compañera de la vida.
Hoy mamá ya está viejita, con sus canas de plata, su espalda encorvada, sus
hombros caídos de tanto trabajar por nosotros, pero aún así, ¡su porte es de
reina!, porque es el único ser que nos amó y nos cuidó antes de ver nuestro
rostro, desde que estábamos dentro de ella. Si tiene arrugas es por los sufrimientos
que ha padecido por amarnos tanto; si sus ojos ya no ven bien, es por las
lágrimas que ha derramado cuando hemos roto su corazón.
Y de la misma manera que ella nos cuidó en todas las
etapas de nuestra vida, con amor y abnegación; así debemos
cuidarla ahora a ella, cuando más nos necesita.
El mensaje final que quiero
dejar a todos los hijos que tienen la dicha de conservar viva a
su madre, es que le prodiguen amor, respeto, paciencia y compañía;
pero también debemos proveerle de las cosas materiales
que ella necesita, para que cuando ella se vaya, se sientan con el corazón
lleno de satisfacción y jamás tengan un sentimiento de culpa o remordimiento.
A parte de que “Honrar a padre y madre, para que tus días se alarguen y todo te
salga bien” es el único mandamiento de Dios, con promesa de cumplimiento en
esta tierra. Nuestra mamá es un tesoro que Dios nos regaló, estímela grandemente
porque cuando ella se vaya, jamás nadie le volverá amar en este
mundo como ella lo hizo.
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